@jmolivan

De entrada, vaya por delante mi admiración y respeto hacia Ernesto Valverde, en su doble faceta personal y técnica. Me parece uno de los mejores entrenadores que he conocido, por personalidad, conocimientos y con una exquisita educación para relacionarse con todo el entorno futbolístico. Lo ha demostrado, con creces, allá donde ha jugado o entrenado. Le conocí como jugador, cuando aterrizó en Sarrià, procedente del Sestao, luciendo gafas de joven universitario, con un libro en la mano y cargado de inquietudes intelectuales.

Como técnico, siempre ha derrochado categoría y personalidad. Era diferente al resto Sus antiguas aficiones guardan un grato recuerdo del Txingurri. En Cornellà, por ejemplo, es el dueño de la puerta 89. En Bilbao, siempre será uno más de la casa. En Valencia, seis meses de brillante trabajo sirvieron para meterse a la afición “Ché” en el bolsillo. Y, en el Pireo, qué les voy a contar de la devoción que sienten por Ernesto… Lo viví en primera persona, la pasada temporada, con motivo de la visita europea del FC Barcelona.  Vitoreado unánimemente por todo el Georgios Karaskasis, tuvo que salir a saludar y recoger una trofeo por su excelente trayectoria al frente de Olympiakos, durante dos magníficas etapas, en las que conquistó tres ligas, desplegando un juego espectacular. En la entidad griega, el Txingurri siempre será uno más de la familia. La nota negra de su exitosa carrera la encontramos en su breve etapa en Villarreal, donde topó con trabas importantes y alguna que otra zancadilla llegada desde el propio seno de la entidad grogueta. Fue una etapa breve, de poco más de seis meses, que le vino muy bien para conocer la otra cara del fútbol.

 Por lo descrito anteriormente, entenderán mi admiración y respeto hacia la figura de Valverde. Pero con idéntica libertad, me permito la licencia de lanzar ciertas críticas cuando no comulgo con alguno de sus métodos. En el FC Barcelona completó una primera magnífica temporada, sellando un brillante doblete, con el lamentable borrón de la fatídica noche europea en Roma, donde técnico y jugadores fallaron a partes iguales. Siempre defenderá la teoría que el 4-1 de la ida perjudicó más que favorecer. Con un 2-1, por ejemplo, entrenador y técnico, creo que hubieran salido mucho más enchufados al Olímpico de la ciudad eterna.

  Esta temporada, sin embargo, noto a Ernesto más perdido, con carencias en la dirección y con nula visión hacia la gente de casa. Me extraña mucho en un técnico que, casi siempre, ha tirado de la cantera por propia convicción. Sin embargo, sus rotaciones son escasas y las apariciones de jóvenes como Aleñá. Miranda, Cuenca o Riqui Puig se reducen a algún esporádico entrenamiento. Valverde está en la obligación de rectificar y dar un paso al frente, en beneficio del colectivo.

 Fichajes multimillonarios como Malcom, Arturo Vidal o Dembelé han pasado a un segundo o tercer plano y el equipo no acaba de encontrar la velocidad de crucero. Únicamente supera en un punto a un R. Madrid fallón y discreto. El Sevilla, líder de la competición, será la próxima piedra de toque para un equipo que, salvo la gran noche de Wembley ante el Tottenham, está muy lejos del mejor Barça de los últimos tiempos. Seguiremos con el máximo interés la evolución del equipo, pero este Barça, a día de hoy, me inspira menos confianza que en temporadas anteriores. Lo positivo es que resta tiempo y margen suficiente para retornar al camino del éxito y del buen fútbol. Por eso, sigo confiando en la gran capacidad técnica de Ernesto Valverde. Como persona, siempre le tendré aupado en los altares.