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Michael Robinson se acercó a nuestras vidas en enero del 87 como un regalo de Reyes que cogió valor con el paso del tiempo. Al proceder del Liverpool, la tierra de la camiseta roja, la grada interminable y los himnos, merecía un respeto superior. Le esperaban Osasuna, lo que él pensaba que era una ciudad, y El Sadar, un Anfield navarro donde había que meter goles hasta con partes del cuerpo que nadie nombra.

La rodilla, hecha un cascabel, le podía haber devuelto pronto a casa tras cortarle en tres temporadas el oficio de delantero. Se había especializado en el oficio de perseguidor: lo hacía con balones imposibles y con las palabras del castellano, a las que empaquetaba con el acento del asfalto inglés.

La anatomía no le retiró del fútbol, sólo le cambió de uniforme. Fue en la prórroga donde alcanzó la celebridad y la popularidad. Apareció un comentarista especial con una facilidad natural para mezclar anécdotas, ingenio y conocimiento. Si Obélix se había caído en la marmita de la poción mágica él parecía que se había zambullido en una fábrica de recuerdos. Lo suyo no se podía comprar: sabía comunicar. Estaba listo para ganar el Balón de Oro del comentario.

90 minutos para disfrutar

Robinson, Robin, Michael o como se prefiera había encontrado el arca perdida de la comunicación. Se había hecho mayor en el fútbol inglés de pase largo y disputa con las muelas y le fascinaba el español de toque corto e imaginación. Era imposible escucharle 90 minutos sin almacenar algún chispazo propio de su estilo. Creó una escuela sin pretenderlo, sorprendido por el éxito. Se ‘nacionalizó’ sin darse cuenta, sin necesitar papeles.

A pesar de que la enfermedad le quería dejar fuera de juego era capaz de devolver una llamada a un periodista al que seguro que no conocía y tratarlo como si fuera un amigo con el que intercambiar una conversación de un buen rato de esos que no se olvidan.

Aquél delantero centro de Liverpool y Osasuna inspiró programas deportivos de etiqueta. Su silueta y su voz, a través de Informe Robinson, apadrinaron reportajes que quedan para siempre. Su estilo se había hecho multimedia. En la última jugada queda un Sir del comentario. El último Informe Robinson se funde en negro.

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