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Una final perdida, un cese y una eliminación inesperada en copa dejan al Madrid KO

Las 72 horas que han llevado al límite al Madrid

La final perdida ante el eterno rival, el cese de Xabi y la eliminación copera retratan al club blanco

Tres días. Eso es lo que ha tardado el Real Madrid en pasar de la ilusión al llanto. De rozar metal a verse despojado de otra competición. De un posible podio a verse tumbado en la lona. En 72 horas ha perdido una final, cesado a un entrenador y caído eliminado en octavos de Copa del Rey. Tres golpes consecutivos que han dejado al club más laureado del mundo mirándose al espejo sin reconocerse, con un técnico recién llegado a la élite que ya conoce el sabor de la derrota y una afición que aguarda respuestas en el Bernabéu.

La final de la Supercopa de España terminó 3-2 para el Barcelona, pero el marcador solo reflejó una parte de lo vivido en el King Abdullah de Yeda el pasado domingo. El Madrid compitió, dio la cara y estuvo milímetros de forzar los penaltis. Hubo valentía, ocasiones claras en el descuento y un equipo que no se rindió. Pero al pitido final, en lugar de la resignación honorable, llegó la imagen que lo definiría todo: Xabi Alonso intentando que sus jugadores formaran el tradicional aplauso al campeón, mientras Mbappé gesticulaba  señalando hacia los vestuarios, arrastrando consigo al resto de la plantilla. El técnico reclamaba respeto y su estrella seguía con el orgullo herido. Fue la última evidencia pública de que el entrenador había perdido la autoridad sobre su vestuario. 

El lunes llegó cargado de sorpresas. A pesar de la derrota, la sensación general era que se pasaría página lo antes posible. Xabi llevaba apenas seis meses en el cargo, el equipo seguía segundo en Liga y vivo en Champions. Pero entrada la tarde, el club anunció su destitución «de mutuo acuerdo». Un eufemismo diplomático para lo que fue, en esencia, una separación de caminos por el bien de los dos. O eso creía el Madrid. 

La etapa del tolosarra terminó antes de cumplir un año, dejando un saldo agridulce: 24 victorias, 4 empates y 6 derrotas en 34 partidos. Números que a otros entrenadores, como Hansi Flick hace un año, no les han costado el puesto, pero insuficientes para un club que no validó su método. Los planes de Alonso no salieron como esperaba. Los refuerzos no llegaron, las tensiones en el vestuario brotaron y el bajón de nivel del equipo tras el Mundial de Clubes se hizo imposible de disimular.

Su relevo fue Álvaro Arbeloa, técnico del Castilla y amigo de toda una vida. De repente, el que hasta el domingo dirigía al filial se vio catapultado al banquillo del primer equipo con apenas 24 horas de margen para preparar un partido de Copa del Rey. Vida o muerte. Octavos de final en Albacete, un rival de Segunda División en un estadio complicado, ante una afición hambrienta de gesta. Arbeloa, que llevaba años fogueándose en la cantera, se encontró de golpe con la presión más descarnada del fútbol de élite. No hubo tiempo para presentaciones extensas, ni para implementar filosofías. Solo urgencia y una imagen que salvar.

En su primera rueda de prensa como entrenador del Real Madrid, Arbeloa exhibió un repertorio de personalidad que despertó ilusión entre un sector del madridismo. «No tengo miedo al fracaso», declaró con rotundidad, evocando aquel espíritu espartano con el que lo apodaban cuando defendía la camiseta blanca. Habló de trabajo, de exigencia, de no dar nada por sentado. Sus palabras, directas y sin aspavientos, parecían el antídoto perfecto para un vestuario algo acomodado. Por un momento, hubo quienes creyeron que ese carácter templado, esa autoridad natural del que se ganó el respeto en el campo, podría ser lo que el Madrid necesitaba para sacudirse la modorra. La esperanza flotó durante unas horas.

La fecha del miércoles 14 de enero quedará marcada como aquella en la que Arbeloa se enfrentó a su primer examen. Albacete, el Carlos Belmonte, octavos de final de Copa. Todo o nada. Dejó a 11 futbolistas del primer equipo en Madrid, algunos por descanso, otros por lesión. Salió con un equipo que, sobre el papel, debía sobrar para eliminar a un Segunda División. Pero al Madrid no le dio. Perdió justamente por 3-2 con un gol agónico de Jefté en el minuto 94, un golpe que recordó al Belmote que no estaba soñando. El equipo de Arbeloa fue superado en intensidad, en hambre y en convicción. Mastantuono y Gonzalo remaron para los blancos, pero no fue suficiente para evitar la debacle. 

Arbeloa, que vivió el duelo con nervios de acero en el área técnica, se marchó cabizbajo del Belmonte, asumiendo toda la responsabilidad: «Si alguien es el responsable de esta derrota soy yo», dijo en rueda de prensa. Reconoció que con un solo día de trabajo no podía pedirles milagros a sus jugadores, pero también dejó claro que la plantilla tiene margen de mejora físico y futbolístico. Una autocrítica que quizá deja un halo de esperanza. «El fracaso está en el camino del éxito», sentenció, intentando recomponer los ánimos en ese momento. Nadie esperaba que Roma se hiciese en un día. Pero la eliminación evidenció que la necesidad de reconstrucción del Madrid es más compleja de lo previsto. No basta con iniciar una nueva etapa improvisada cambiando una pieza por otra. Más allá del fútbol y las lesiones, hace falta revisar la mentalidad, la cohesión y el compromiso.

Este sábado, ante el Levante, el Santiago Bernabéu abrirá de nuevo sus puertas. Y será soberano, como ya lo fue en los partidos contra Sevilla y Betis. Pero esta vez el contexto es más turbio. El público regresará tras haber visto a los suyos perder una final contra el eterno rival, con un entrenador nuevo y todavía en shock, y recién eliminados en Copa por un equipo de segunda categoría. La grada, ese juez tan implacable como el tiempo, tendrá la palabra. Quién sabe si será un clamor. El margen de error se reduce para un Arbeloa que apenas tiene culpa de lo acaecido. El Madrid ya no puede permitirse otra noche como la de Albacete. Ni como la del Metropolitano. Ni como la que les enfrentó al Celta de Vigo. El coliseo blanco espera, expectante y exigente, a un equipo que debe demostrar que aún le quedan arrestos para competir hasta junio.

Fuente Marca.com


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